Por Francisco Mauricio Martínez / Revista D.
Uno de los complementos del paisaje en la provincia es la imagen del campesino que camina hacia su hogar con una carga de leña sobre la espalda. Haya sol, lluvia o neblina, realiza esta tarea tres o cuatro veces a la semana, ya que si no lo hace, en su vivienda no habrá calor, y mucho menos con qué cocinar el maíz, el frijol y el café, o cualquier otro alimento. Este producto natural es fuente de energía para el 65.8 por ciento de guatemaltecos, según un estudio del Instituto Nacional de Bosques (INAB).
El consumo de leña en viviendas es mayor que el de electricidad, gas corriente y propano; incluso que el carbón; sin embargo, su precio es invisible para el Producto Interno Bruto (PIB) nacional. Un estudio a cargo del subgerente del INAB, Rolando Zanotti, el cual fue presentado en noviembre del 2008, revela que cada año se consumen unos 19 millones 456 mil 552 metros cúbicos sólidos de leña, sin tomar en cuenta la que emplean la pequeña y mediana industrias.
Según el ingeniero forestal Marvin Herrera, catedrático de la Universidad de San Carlos (Usac), el referido generador de energía se obtiene, principalmente, de dos maneras. La primera, por apropiación directa, cuando el campesino la corta o recoge para autoconsumo, y la segunda, por compra, que es la que más daño ocasiona a los bosques. “Se creía que la leña era adquirida únicamente de la primera forma; sin embargo, una alta proporción se compra a comerciantes que la trasladan a las casas por medio de animales, camiones, o en depósitos que se dedican a este negocio”, comenta.
Aunque de todos los árboles se puede hacer leña, los consumidores prefieren algunas especies, por sus características, entre éstas, valor calorífico y tipo de humo y de brasas, lo cual depende de su densidad y componentes como celulosas y lignina, o extractivos como resinas, gomas, taninos y otros. Para la cocción de alimentos, las que más se utilizan son el pino, para producir llama, y el encino, para generar brasas.
Millones que no se ven
La investigación del INAB, que toma como referencia la cantidad de habitantes para el 2006 del Instituto Nacional de Estadística (INE), calcula el costo económico que pudo haber tenido la cantidad de leña utilizada en ese lapso, si se le establece un precio equivalente al barril de petróleo, que ese año era de unos US$50 (Q380), en al menos US$1 mil 473 millones 981 mil 200 (Q11 mil 54 millones 859 mil).
Para calcular este consumo, Zanotti tomó como base que, según el INE, en el 2006 la población era de 13 millones 677 mil 815, y que, en promedio, cada familia está integrada por cinco miembros, lo cual dio como resultado que en el territorio nacional hay dos millones 653 mil hogares. Luego partió de que el 60 por ciento (no el 65.8, que es el oficial) de familias consumen leña, y dio como resultado que un millón 641 mil 338 hogares consumen ese producto. En el proceso también se hicieron otras equivalencias técnicas.
Para el gerente del INAB, Ernesto Barrera Garavito, esa gran cantidad de recursos forestales que se emplea en la generación de energía se debería incluir en las cuentas nacionales del Banco de Guatemala (Banguat), ya que en la actualidad las estadísticas del PIB únicamente registran a este sector con 2.5 por ciento. “Esto no es cierto, porque solo calculan la madera que se exporta y la que se industrializa; no toman en cuenta la que sirve como fuente de energía. Cuando se le incluya se va a determinar la ncidencia de la leña en la economía del país y la asignación de recursos que se debe hacer para este sector”, indica.
Cultura de la pobreza
El alto consumo de leña en el territorio nacional tiene muchas explicaciones; una de las principales es que la mayoría de la población reside en el área rural y es de escasos recursos, lo cual le impide tener acceso a otra fuente de energía. Generalmente la emplean para cocinar, alumbrar la vivienda (ocote) y calentar el ambiente en zonas de clima frío. “Todo tiene estrecha relación con la pobreza, porque es el recurso más barato”, comenta el gerente del INAB. También se debe tomar en cuenta el factor cultural, ya que el fuego es el centro de cohesión de la familia, antes y después de la jornada de trabajo. En este contexto, la mujer y los hijos también juegan el papel de recolectores de chiriviscos y de otros productos del bosque (biomasa), para que el fuego no falte durante el día. “Se debe tomar en cuenta que, culturalmente, estas viviendas se componen de la cocina y un cuarto”, indica Oswaldo García, consultor de Energías Renovables del Ministerio de Energía y Minas (MEM). El aumento de la población demanda cada vez más cantidades de energéticos para satisfacer la necesidad básica de la cocción de alimentos; esto implica presión sobre los recursos forestales y amplía el avance de la frontera agrícola (cada año se deforestan 73 mil 148 hectáreas y se reforestan 25 mil). Si bien es cierto que se ha introducido el gas licuado de petróleo como sustituto de la leña, la penetración de este derivado es nula en el área rural. Las estadísticas del INAB aparecen en blanco en esta casilla. Lo que sí se puede determinar es que en las zonas urbanas es común el uso tanto de propano como de leña. Los datos del INE del 2006 señalan que el 22.93 por ciento de las residencias del área urbana aún usaban leña, y se considera que era empleada, especialmente, para cocer maíz y frijol, ya que ello requiere de grandes cantidades de calor. El maíz tiene la particularidad de que necesita doble cocción, porque primero se cocina el grano, y después de molido, se convierte en tortillas o tamales.
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